Se supone que si una noche duermes poco, a la siguiente lo haces mucho. Sería lo lógico. Pero la lógica no alcanza el sueño, y ya ni hablemos de los sueños.
Pasas el día soñando con acostarte, tumbarte en la cama y dormir sin despertar. Del tirón.
Aún así las incoherencias hacen su aparición una vez más y te encuentras con que te falta algo y te sobran muchas cosas.
Te falta claridad y te balanceas entre las dudas ocasionadas por una bipolaridad oscilante entre anhelos y deseos de vomitar sentimientos incomprensibles.
Te sobra, para empezar, el pijama; que consecuentemente termina hecho un liote en el suelo al lado de la cama.
Te sobran, también, las ganas de hacer descender la mano y que junto con la imaginación te hagan llegar al éxtasis.
Y, para rematar la jugada, te sobran también los deseos de no estar a solas, no imaginar a solas y mucho menos, o más, de no llegar a solas.
Lo confiesas todo, a oscuras y en tu cama. Tratas de recuperar horas de sueño que no llegan pero no dudan en irse, de ahogarte en un mar que no comprendes y gira cada segundo en una dirección según el viento que sople.
Ahora si, ahora no. Ahora quieres, ahora desquieres. Ahora anhelas, ahora desanhelas hasta el punto que se prolonga a raya eterna sin encontrar ni final del camino, ni solución.
Conflicto emocional o bipolarismo mental que desemboca en nada o como mucho, y si tienes suerte, en pesadillas. Siguiendo siempre, eso si, la lógica irracional de los sueños.
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