El tiempo se ha suspendido en el espacio que queda entre el tic y el tac de un reloj y el silencio característico del despertador que paras antes de que suene hace acto de presencia en escena.
Actuando.
Acto uno:
Presas de los silencios y las palabras no terminadas, de los balbuceos incoherentes y las conversaciones insustanciales que van matando las horas.
Acto dos:
Palabras que mueren en los labios atropelladas por silencios impacientes, agresivos, suspicaces, plagados de temores infantiles creídos perdidos en las montañas pero que en realidad aguardaban agazapados tras una gota de lluvia perdida en el mar.
Acto tres:
Llegan las sonrisas, entran en escena dibujándose en lienzos en blanco. Sin sombras las amplias y las esquivas entre trazos de carboncillo. Sonrisas que no necesitan ni de palabras ni silencios, juegan a solas buscando alguna dispuesta a crear complicidad.
Acto cuatro:
Colapso. Choques. Confusión.
Tres ces que catapultan la inteligencia emocional a un punto lejano en el continuo espacio tiempo.
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