Es en momentos como esos en los que te encuentras matando el tiempo, apuntalando los segundos contra el techo y sesgando los minutos. Momentos en los que dejas vagar la vista de mota en motas de polvo que se pierden en el aire o intentas adivinar de qué color exacto son las puntas de tu cabellos.
Es en unos de esos momentos, en cualquiera de ellos, cuando te paras y piensas. Cuando el tiempo se para, tal vez cansado de que lo mates, y te deja pensar.
Y habitualmente piensas y te arrepientes. Te arrepientes pese saber que no va solucionar nada, que lo pasado queda atrás y el arrepentimiento no lo arregla. Aún así lo haces.
También yo en uno de esos momentos me arrepentí.
Quizás trataba de adivinar si tenía las puntas rosas, rojas, violetas o de a saber qué color de la escala cromática.
Puede que simplemente no quisiese fijar la vista en las letras que debía memorizar por encontrarlas monótonas.
A lo mejor intentaba encontrar una pauta de repetición en el aire que se colaba por la ventana.
Pero a fin de cuentas daba igual, me dio por arrepentirme, y sobre todo por añorarte. Por recordar los fragmentos de una historia demasiado corta y aún más difusa.
Un cuento de estos que no te crees hasta que te pasa. Un cuento que serviría para que los niños pequeños soñasen con princesas, castillos y dragones si no fuese por que este acaba mal: la princesa decide que el zapato no le gusta, que está más cómoda en la cama de su torre, que el fondo del mar es más fresquito o que prefiere dormir eternamente.
Por que resulta que a veces hay algo que provoca que los cuentos de la vida no acaben bien, como hay veces que parece que el sol se niegue a salir por el este.
Todo por que esa mañana había visto una película, y como con casi toda puñetera película, acabé recordándote. Eso sumado a las horas perdidas provocó que te pensase y terminase por necesitarte.
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